Los dedos, embuidos en guanteletes de acero, repiqueaban contra la piedra del trono, causando ecos en la sala del trono vacía. El Barón García se mesaba la perilla impaciente. El maldito se retrasaba. ¡Como osaba! Ya era bastante malo tener que acudir a él. El insulto de tener que recibirle en su propia sala del trono. Sonrio para si. Al menos se la encontraria vacía. Habia expulsado hasta el mas humilde de los siervos. Ni siquiera el chambelan anunciaria su llegada. ¡Pero el retraso...! ¿Como se atrevía esa... esa cosa?
Las puertas se abrieron suavemente, casi sin ruido. Él se acerco con pasos suaves, tranquilos, con gracia. Era casi una burla a los dioses. Sus ropajes, despues de un viaje desde las tierras de los barbaros orcos, estaba inmaculado y sin una sola doblez. Su tunica, simple pero elegante, cubria todo su cuerpo, asi como la capucha su rostro. Las puertas se cerraron tras de si, los guardias se encargaron de ello. Se acerco hasta unos metros de su trono de piedra, e hizo una reverencia, pronunciando con la voz grave de los de su clase. "Mi señor, es un honor poder serviros." Tras ello, retiro su capucha y pudo al fin verle el rostro.
La piel verde del orco bailaba bajo la luz de las antorchas. Los ojos, rojos como teas, tenian una expresión que no solia ver en uno de su clase. Y muchos habia visto. Su pueblo era frontera con las tierras de los pieles verdes, y su afan belicista le habia puesto a prueba mas de una vez. Su pueblo le aclamaba como el azote de los Orcos. Tras el ataque que acabo con la vida de su padre, nombrandole Baron, destrozo su trono de madera y lo sustituyo por uno de piedra. Si su pueblo debia ser duro, tambien lo seria su gobernante. Duro como la piedra...
En las incontables batallas que habia librado con los pieles verdes, habia aprendido mucho. La resistencia de su cuerpo. Su amor a los ataques frontales, y por tanto su debilidad ante un batallon bien preparado de arqueros. Como sus hachas podian romper escudos de madera como si fuesen de pergamino. Y habia matado muchos. Docenas. Posiblemente cientos. Y los ojos de todos ellos veia la furia, la alegria del combate. Incluso despues de atravesarlos con su espada. Eran perros salvajes. Debian morir como tales.
Sin embargo, aquellos ojos eran... diferentes.
"Te he mandado llamar, Orco, para que me ayudes de una vez por todas a cesar hostilidades con tu pueblo. Esta primavera los ataques de tu pueblo se han recrudecido, y mis hombres estan cansados y queremos..."
"En realidad no. Quereis matar hasta el ultimo orco de la tierra. Quereis bañaros en su sangre por la temprana perdida de vuestro padre. Pero vuestras tropas estan debilitadas e incluso las pobres tacticas de los... como era... pieles verdes, podrian acabar con vuestro pueblo y vos mismo."
El silencio se extendio sobre ellos como un abismo. Cerro su puño enguantado. Pasaron los minutos, lentos, inexorables. Podia oir su respiracion. ¿Como se atrevia? ¿Como...?
"Si." Se oyo decir. El pueblo era lo primero.
"¿Que ha cambiado ultimamente?" El orco sonreia abiertamente. Su reputacion le precedia, y lo sabia. Todos sabian su historia. El bebe orco rescatado de las garras de sus brutales padres tras arrasar una aldea de pieles verdes. El niño educado en las cortes de la capital. El joven que suplico a su padre adoptivo volver a su pueblo para comprender sus costumbres. El hombre que volvio para mediar entre hombres y orcos. Gunthar. El Orco Civilizado.
"¡Nada ha cambiado! ¡No hubo provocación! Desde esta primavera el ansia de sangre de los tuyos se ha disparado sin motivo. ¡Me temen y me atacan!" Golpeo el trono de piedra con un sonoro golpe, que retumbo en la sala vacia.
De nuevo silencio. Se dio cuenta de que el piel verde le daba tiempo para calmarse cuando su colera surgia. A veces temia que despues de tanto tiempo se hubiese vuelto un animal como ellos. Pero su actitud paternalista avivaba aun mas su ira.
"Mi señor, solo vengo a ayudaros. Pensad. Antes de que los ataques se recrudecieran, ¿Paso algo fuera de lo normal? ¿Una pequeña plaga? ¿Una mala cosecha? Cualquier detalle es importante."
El barón se meso la perilla de nuevo, recordando. El comienzo de la primavera habia sido tranquilo. Incluso se habia permitido bajar la guardia un poco, al acercarse...
"Vino una feria. La contrate expresamente" Levanto la vista hacia el orco, para ver si ese detalle le impresionaba.
"¿Con que motivo, mi señor?" los ojos del orco brillaban de astucia, como si ya supiese la respuesta, como si solo quisiese que el la dijese para hacerle sentir mejor, mas listo. Como si fuese evidente.
"El catorceavo cumpleaños de mi hijo." Recordaba el dia. Recordaba la risa de su Ignacio. Pronto seria un hombre. Pronto seria.. "¡el catorce cumpleaños del heredero! ¡Quieren matar a mi hijo!"
"No, mi señor, desean matarle a usted."
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Partieron al alba, hacia el poblado orco del norte. No era el mayor de los campamentos, pero Gunthar le aseguraba que era donde debian ir.
"El respeto de mi pueblo no esta en el número, mi señor, sino en la fuerza. Un lider fuerte es mas respetado que uno que reuna a diez millares de orcos. Perdón, de pieles verdes."
"Deberiamos haber traido escolta. No me fio de esos asesinos." Gruñó el Barón.
"Eso nos haria debiles a sus ojos, señor. Mi pueblo no se impresiona por comitivas, ni por armaduras. Solo por un brazo fuerte, un corazon valiente, y el cerebro para destruir a tus eenmigos."
"¡Bah! Cerebro. Son animales que atacan por el placer de la batalla." Le espetó el Barón
"Ahora conocereis mas a los mios, mi señor." Apenas podía soportar la falta de reacción del orco ante sus ataques. No tenia sangre en las venas. Apenas parecia un Orco.
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Tras unas horas llegaron al campamento Orco. La empalizada de madera tenia a varios jovenes orcos sobre ella, que les apuntaban con sus arcos, poco mas que un palo con un hilo. Sin embargo, alli, frente al portón y sin armadura, era mas que suficiente para que le matasen varias veces. No tenia miedo. Solo odio. Pero entono una plegaria a los dioses para que cuidasen de sus hijos.
Gunthar desmonto y le hizo una señal al Barón para que hiciera lo mismo. Subió la capucha de su tunica, extendio los brazos y gritó algo en la lengua de los orcos. Las puertas se abrieron. Gunthar se giro hacia él y le dijo "Cualquier cosa que diga, mi señor, sera en vuestro beneficio." Tomo las riendas de su caballo y entró antes que él. ¡Antes que él! ¡Como si no fuese nadie! Tomo sus riendas con fuerza, haciendo que el animal relinchase un poco. Desde la llegada del orco, la furia venia a él con cada vez mas frecuencia. Es como si le pasase su salvajismo.
De cada casa salian orcos para verles cruzar el poblado. Tantos salvajes. Deseo desenvainar la espada y atravesarlos a todos, pero se contuvo de nuevo. Por su hijo. Solo por él. Ya tendría tiempo. A medida que avanzaban y se acercaban al centro del poblado, donde ardía una hoguera, se ivan congregando más y más. Llegaron a la pequeña explanada y se detuvieron. Esperaron durante un largo rato. La espera le parecía eterna.
"¿Que hacemos aqui?" Le susurro a Gunthar, tomandole del hombro. "Esta espera me volverá loco."
"Paciencia, mi señor." Es todo lo que le contestó. Su semblante estaba rigido, inexpresivo, como si no quisiese mostrar su pensamiento ni emociones. Los orcos no debian respetar ningún signo de debilidad, asi que adoptó el tambien un rostro vacío, carente de toda emoción, y cruzó los brazos ante sí, irguiendose, para parecer aun mas temible.
Tras un tiempo, de la choza mas grande apareció el jefe del poblado. Era gigantesto, solo cubierto con unos destrozados pantalones y el torso, musculado y amedrentador, al descubierto. Llevaba un casco hornamentado con la parte superior del craneo de un enorme jabalí. "Soy Whurthori, hijo de Orkathor, lider de la tribu, el mas fuerte de todos."
Gunthar se adelantó. "Soy Gunthar, hijo de Gimkor, el que camina entre los rosados. Vengo a limpiar la afrenta de tu pueblo al de el Barón de Piedra." Hablaba con voz fuerte, mostrando sus brazos a todos, flexionando los musculos bajo ellos. Mostraba fuerza con la voz y el cuerpo.
"Su hijo ya debe liderar la tribu. Respetamos su fuerza y honor, debe morir en batalla para poder llegar a los dioses. Le debemos al menos eso. Tal guerrero no debe morir en su lecho como un niño." Levantó el brazo y gritó para su pueblo. "¡Debe morir con fuerza y sangre!" Los orcos le vitorearon
"¡El aun es fuerte!" Gritó Gunthar. "¡Aun puede defender a su pueblo, y el cachorro rosado no esta aun maduro! ¡Los humanos son mas debiles! ¡Pero él ha matado a los vuestros, una y otra vez! ¡Y lo demostrara de nuevo! ¡A menos que los orcos de este clan sean cobardes que asesinan niños indefensos!" Murmullos de ira recorrieron el poblado. El Barón puso su mano sobre la espada. Ivan a morir. Bien. Se llevaría a muchos por delante.
Un orco se adelantó entre la multitud. Era algo mas pequeño que Whurtori, y no tenia mas pelo que una coleta en la parte de atras de su cabeza, los colmillos, que le salían de la boca, estaban retorcidos hacia abajo, y portaba una enorme hacha a dos manos. "Soy Krator, hijo de Akotos. Tu mataste a mi padre. Yo comprobare tu valor." Y con ello, se lanzó sobre el Barón.
El Barón desenvainó rapidamente, lo justo para desviar el tajo que el orco habia lanzado a su cuello. Cambió de posición y esperó pacientemente, estudiando a su oponente. Era enorme, sus brazos gigantescos, y la fuerza de su golpe hacia que le fuese imposible pararlos. Solo podria desviarlos o esquivarlos. Si no, le derribaría y estaría a su merced. El orco volvió a precipitarse sobre él, lanzando su hacha desde por encima de su cabeza, tratando de partirle en dos. Esquivó con facilidad el golpe. Acostumbrado como estaba a combatir con armadura pesada, podía moverse con mas libertad. Cerró su mano izquierda, en la que llevaba como siempre el guantelete de su padre, y estudió aun más a su adversario. Cubría bien su cuerpo, desde luego, no atacaba sin estar guarecido, tenia que...
"¿Qué honor ganara Krato de matar a un debil rosado?" Oyó decir a Gunthar. Krato lanzó otro ataque sobre el barón, sonriendo. Se confió. Dejo la guardia abierta bajo su abdomen. El Barón no necesitaba más. Rapido como el rayo, se acercó hasta estar casi pegado al orco, y clavó su espada en el estomago del orco, desde las tripas hasta los pulmones. El orco escupió sangre sobre él, y se desplomó al suelo. En sus ojos aun había jubilo. Vería a los dioses junto a su padre.
El pueblo estalló en vitores. Todos coreaban Junghir, Junghir. Hacía años que sabia que los orcos le llamaban así. Guerrero rosado. Siempre había supuesto que solo era que no comprendían su título. Ahora les entendían. Los demas humanos eran rosados. Él era un guerrero.
El jefe golpeó a Gunthar en la cara, lanzandolo al suelo. "Nunca volveras a poner en duda a este hombre. ¡Junghir es fuerte! Aun le quedan muchas primaveras para morir con fuerza y sangre."
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Pasaron los días. La vida volvió a la normalidad. El Barón sabía que, aunque los ataques habían cesado, los orcos volverían. No tanto como antes, pero volverían. A combatir. A luchar. A morir con fuerza y sangre.
Él les estaría esperando.