por quiron4 el Mié Jun 13, 2007 7:00 pm
Por si algún día te cortan las alas
“¿Por qué nunca me dices que me amas?”, preguntó Astrid antes de acurrucarse en mi pecho. Es lo malo de ciertas mujeres: que son muy básicas, demasiado arraigadas en las historias rosas, y siempre quieren que las trates como si fueran las protagonistas de una novela de Corín Tellado.
No es que yo sea un canalla total, pero es que me parece que las chicas complican demasiado la pasión. No les basta con saberse adoradas, ni con el hecho de que las hagas creer que no hay mujer más hermosa o que tus deseos giran en torno a ellas.
Lo que quieren es saber qué piensas, qué sientes, el porcentaje que han ocupado en tu corazón. Mientras la observo me congratulo de su cuerpo delgado, sus finas facciones, sus ojos oscuros, sus labios eléctricos, su cabello ensortijado.
Ella es 10 años menor que yo, aunque eso no la hace ingenua. Siempre que la veo desnuda pienso en que su belleza bien podría adornar la portada de una revista de bikinis.
Astrid se sabe hermosa y sólo quiere que la amen. La conocí en una expo de videojuegos, en la que ella era edecán. Me dijo que me parecía a uno de sus amigos, aunque después supe que le recordaba a su ex novio.
* * *
Llevamos como seis meses de novios, aunque ella insiste en que son casi siete. Da lo mismo. Por qué se empeñan en contar los días, las horas, los minutos y hasta los suspiros cuando estás con ellas.
Astrid me cuenta que está enamorada y hace planes para que vivamos juntos. Es adorable, sí, pero cuando quiere también es frívola y posesiva.
Llévame aquí, ve por mí, acompáñame a comprar ropa, qué te parecen estos zapatos, ¿no te gusta esta blusa? Acaso no se dará cuenta de que tengo otras preocupaciones más relevantes.
Debo hacer mi declaración de impuestos, ir al banco, pagar la renta, comprar la despensa, escribir mi columna, mandarle dinero a mi madre, hacerme exámenes médicos, llenar el tanque de gasolina, pelearme con el wey de la tintorería, levantarme temprano, ducharme cada mañana, amarrarmelas agujetas, prepararme el desayuno, checar en internet mis estadosde cuenta, trabajar todos los días, comer sanamente, emborracharme algunas noches, maldecir el futuro, pensar men mi epitafio, planear mi funeral y esperar que me quede algo de tiempo para sentirme un poco más humano.
* * *
Astrid no ha comprendido que me gusta vivir solo, porque ella cree que algún día me daré cuenta de que “estamos mejor juntos que separados”. Y cuando suelta frases como esas me dan ganas de nombrarla Reina de los lugares comunes, con todo y el cetro y su corona. Híjoles, cuando lea esto se va a encarbonar mucho y, como otras veces, tendremos una semana sin sexo.
Claro, ella sabe por dónde atacar, sabe hacerme volar e intuye cuando hay que cortarme las alas. A mí me encanta cuando su vientre se estremece de placer y gime sin limitarse. Me fascina el rubor en sus mejillas, su mirada de satisfacción, sus caricias que me dictan “eres muy lindo”.
Y es cuando me dan ganas de decirle que la amo, pero como sé que no es verdad mejor la beso quedito y le murmuro al oído que me fascina. Ya lo decía Henry Chinaski: sólo los tontos confunden la pasión con los achaques del corazón. No suena nada romántico, pero qué se le va a hacer si soy un idiota sin remedio, un tipo que prefiere un buen libro en silencio a una venta de fin de temporada o una oferta de calzado.
Claro, ahí me avisan si hay una barata de alas, porque las mías ya están muy dañadas.