por quiron4 el Jue Jun 14, 2007 4:53 am
Hablando de pedas, es un pedo leer esto, aunque les de hueva
ntes de encontrar mi vocación, como muchos, tuve infinidad de trabajos, desde los más edificantes hasta los que me hacían sentir como un miserable.
Fui vendedor de enciclopedias, encargado de una dulcería, utilero en un equipo de futbol en tercera división, extra de películas mexicanas y hasta pintor de brocha gorda. Todo esto mientras estudiaba la prepa y luego la universidad. Pero el trabajo más raro de todos fue el que me consiguió uno de mis tíos influyentes. Por azares del destino, y debido a que no había otra opción a la vista, acepté entrar de asistente a un centro de desintoxicación para gente de varo. Las historias que conocí eran sorprendentes. Allí me di cuenta de lo terrible que es vivir sin destino, confundido. Había pacientes que verdaderamente estaban locos, mientras que otros simplemente vagaban a la deriva en su propia indiferencia. Recuerdo a una jovencita, creo que se llamaba Gina, que empezó a consumir drogas porque su novio le curó la cruda con una "piedra". En ese entonces ella tenía 17 años y yo acababa de cumplir los 23. Al llegar era escuálida, despeinada y pálida. Al salir lucía radiante y hermosa. Allí comprendí que la fragilidad del espíritu humano te puede convertir en una piltrafa. Lo hermoso se transforma en deprimente. Pero el caso que más me llamó la atención fue el de Germán. Y lo recuerdo perfectamente porque una tarde, mientras platicábamos, me dijo que en realidad se llamaba Asdrúbal y que era la reencarnación de un vampiro. Pude echarme a reír, pero como siempre fue un cuate muy serio guardé la compostura. Yo le comenté que su nombre original también era muy chido: Germán, como Germán Robles, el actor que encarnó al Conde Alucard en la película El vampiro. Pero esa es una mala caricatura de los seres nocturnos, replicó el muchacho. Seguimos charlando y le expliqué que yo era fan de esa cinta, que la había visto de chavito y que me había impactado. Sólo es entretenimiento, pretextó. Durante muchas tardes conversé con Germán, que siempre insistía en que lo llamara Asdrúbal. Con el paso del tiempo me di cuenta que era un chavo muy culto para su edad, incluso bastante educado. Él me contó que sus padres eran maestros universitarios y que lo mandaron a las mejores escuelas. Tuvo que dejar los estudios porque le ganó el desmadre, se dejó llevar por los amigos, las fiestas, el alcohol y la cocaína. Algo muy común en los colegios caros. Un buen día descendió al purgatorio. Desapareció sin dejar rastros. Seis meses después, su papá lo fue a recoger debajo de un puente vehicular, donde Germán cohabitaba con cucarachas y mendigos. Quisieron buscar una explicación, a sabiendas de que le dieron todo, menos atención y muestras de afecto. Cuando yo llegué a la clínica, él ya tenía un buen rato allí. Cuando me cansé del trabajo y me marché, Germán se veía bastante repuesto. Atrás quedaban varias historias y yo me encaminé a buscar otras alternativas.
***
Si mi memoria no me falla, cuando yo trabajaba en un periódico, fue un viernes que en plena junta editorial llegó el responsable de la sección policiaca y cantó una nota espectacular: un sujeto mató a su familia, le sacó el corazón a sus padres y hermanos, y se los comió. Aunque El Independiente no era un diario amarillista nos pareció atractiva la noticia, así que la destacaron hasta en la portada. Lo mío era otro asunto, así es que olvidé el tema al poco rato. Sin embargo, al otro día tomé el periódico y al abrirlo mi sorpresa fue mayúscula. La foto del asesino me recordó a Germán, sólo que cuatro años más grande. Reconocí de inmediato su mirada gélida. La nota hablaba de su caso y él decía lo que yo ya conocía: que era la reencarnación de un vampiro y que su nombre era Asdrúbal. Por supuesto, hablaba el jefe de la policía y un especialista que argumentaba esquizofrenia aguda y otros desórdenes mentales. Claro que el dictamen se reducía al Diabólico carnicero o Parricida satánico, no recuerdo. Germán, con la frialdad de los asesinos, narraba que sólo seguía sus instintos, que no podía vivir sin sangre, y que los corazones humanos lo fortalecían.
Finalizaba diciendo que todos éramos unos simples mortales, que una nueva era estaba por comenzar y que, aunque lo encerraran, su poder lo haría transformarse para huir. "Y nadie podrá escapar a la venganza de mi raza", amenazaba. Pinche mundo, cada día está más raro, reflexioné. Qué bueno que dejé aquel trabajo a tiempo, sino yo también me hubiera convertido en un hombre insano, quizá menos sensible, acaso más loco de lo que ya soy. De cualquier manera, mi cabeza ya es un caos y creo que no tiene remedio.